9 de mayo de 2015

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Alan es un sol. Mi sol. Nació un sábado 9 de mayo hace casi 5 años. Llamó a la puerta una semana antes de la famosa fecha programada. Tocó en la madrugada. A mis dos hijos les gustó la madrugada para anunciar su llegada. Las contracciones, sensaciones casi olvidadas, empezaron a llegar como el vaivén de las olas. Pasé la madrugada en mi cama, tranquila, sin sobresalto alguno, contemplando a mi marido y a Itzel en su sueño profundo. Por segunda vez, entraba en labor de parto en la oscuridad.

Mayo en Alemania es templado y el sol llena de luz los espacios que en invierno no alcanza. Me levanté con la habitación llena de luz y alegría. Las contracciones no eran tan regulares. No había prisas, solo gozo. Me bañé, tomé el desayuno, consciente de que su energía sería primordial a la hora de pujar. Esta vez tenía que comer bien, para dar el kilo a la hora de la hora.

Decidí que era tiempo de ir al hospital, pues comenzaba a haber sangrado y las contracciones empezaban a dejarme corta de aliento. Ya eran regulares y llegaban con más fuerza. El cuerpo tiene memoria, lo cual hizo que el viaje fuera ligero y que las contracciones fluyeran tranquilamente como debían.

Durante mi labor de parto estuve unas horas en el Kreissaal, una sala del hospital acondicionada con una cama, una bañera, una pelota gigante, para que las parturientas elijamos la posición más cómoda para sobrellevar el vaivén de las olas. Yo estuve echada en la cama un buen rato, como las gatitas que tuvimos cuando parían a sus michos. Bien recuerdo que las acariciábamos para darles ánimos y además las alimentábamos con salchichitas para que juntaran fuerzas. Yo también comí para seguir acumulándola.

Llegó la partera para hacer el tacto vaginal y checar qué tan avanzada estaba mi dilatación: 6 centímetros. El momento justo para la epidural. No quiero nada, lo especifique rotundamente al momento de registrarme en el hospital para parir aquí. ¿Segura? ¡Segura como nunca! El dolor era llevadero tan solo con mi respiración. Y además no estaba dispuesta a quedarme dolorida las semanas posteriores por una epidural mal puesta como la primera vez. ¡No señor! Y le recuerdo que tampoco quiero episiotomía, digo, en caso de que no haya leído mis peticiones en la hoja de registro.

De la cama me pasé a la bañera. Las contracciones no tenían nada que ver con las de la inducción del primer parto. ¡Qué delicia! Las disfruté incluso. Nacho me acariciaba, me pasaba de tanto en tanto el vaso con agua. Interrumpió de nuevo la partera: todavía está a tiempo para la epidural. No, gracias. Así estoy muy bien. Ya muy cerca de los 10 centímetros, me llevaron a otra habitación para parir, es distinta al Kreissaal, esta tiene camilla, respirador, herramientas necesarias para cualquier emergencia, una bañera para bebé.

La partera, de nombre holandés, me pidió que me recuestara en la camilla. No tenía ganas de acostarme, el cuerpo me pedía estar parada. Llegamos a los 10 centímetros y de repente el cuerpo me dio tregua. ¡No hay más olas! Bien, un descanso. Había leído que después de llegar a esa dilatación, el cuerpo se toma una pausa, pequeña, para dar el siguiente paso. No se puede pasar de dilatar 10 centímetros enteros a expulsar al bebé inmediatamente.

Llegó la pausa que necesitaba, y la partera se preocupaba por que las contracciones dejaban de llegar y su turno, además pronto acabaría. Tranquila, necesito recuperar mi aliento, Saskia. Vamos a tener que inyectarte oxitocina. ¡Jamás! Ahorita llegan las contracciones. Necesito este descanso, pensé. ¿Cuál es la prisa? Sí, hay mujeres que en un par de horas están listas, mi hermana no necesitó más de tres. Cada quien su ritmo. Y el ritmo lo marco yo. Me volvió a pedir que me recostara.

Recostada comience a sentir las ganas de pujar. Comencé a pujar y como no hubo lavativa, los intestinos se aprovecharon del proceso de parto. ¡Justo ahora, no es posible chicos! Me di cuenta de que lo mío no es pujar, es mucho esfuerzo. Otra vez me quise dar por vencida justo en esta parte. Mi marido me enjugaba el sudor de la frente y decía que ya faltaba menos.

Ya salió la cabecita, la puedo tocar… Y de repente, Alan se quedó varado. Llamaron a los doctores. Los hombros están muy anchos y no logran salir. Llegó el doctor, me tomó las piernas y las empezó a doblar y a desdoblar con fuerza, tratando con este movimiento rotar el cuerpecito de Alan para que saliera con más facilidad. De reojo veo a Saskia con las tijeras, intentando hacer la episiotomía. Le tiro un manotazo y le recuerdo mi petición. Yo sé, pero es necesario, responde. Mi marido no podía creer lo que veía, en plena pujadera, su esposa tirando de manazos.

¡Llegó Alan! Después de 16 horas. Me lo dan en brazos, lo pegué a mi pecho, pero el cachorro no llegó con hambre. No abrió los ojos, solamente me sujetó el dedo. Y mientras cariñaba a mi recién nacido, terminaba de salir la placenta con la ayuda de unas agujas de acupuntura en mi panza, y recuerdo haberme sentido tan fuerte, como una osa.

Saskia lo notó, y preguntó si me sentía bien como para darle el primer baño al bebé. Me paré con una fuerza y una euforia palpable. Bañé a mi niño. Después nos llevaron a nuestra habitación. El recién estrenado papá no pudo pasar las siguientes noches con nosotros, pues muchos bebés decidieron nacer ese fin de semana y todas las camas estaban ocupadas o reservadas. Esa vez solo fuimos Alan y yo. Nosotros dos en un noche tranquila, fresca, donde a mamá osa se le olvidó que podía oprimir el botón para pedir ayuda a las enfermeras y se paró con muchas dificultades para ayudar a repetir a su bebé, indispuesto después de tomar felizmente sus primeros tragos de leche.

Mónica Cantú

Nací en Octubre. Me encantan los idiomas, la pintura, la música y el baile. Vivo desde hace diez años en Alemania. Disfruto mucho el silencio acompañado de un buen café.