9 DE MARZO: TRABAJO DE PARTO

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Celebro que ya algunos centros de trabajo, incluidas las universidades, estén apoyando a las mujeres que decidamos faltar al trabajo el 9 de marzo. Es un buen signo asegurar que no haya represalias. Sin embargo, comienza el run run de que muchos centros educativos, avalados por autoridades irresponsables, tomarán el camino fácil de decretarse un puente; son muy pocos aún los que ya identificaron aquí una invaluable oportunidad de aprendizaje y han comunicado cuál será su plan de contingencia ante la emergencia que se les viene ese día.

¿Qué van a hacer para que, siendo éste un día en que los símbolos hablen por sí mismos, por fin se escuchen los gritos, llantos y discursos tantas veces ignorados? ¿Qué harán para aprovechar esta joya y reflexionar con sus alumnos sobre lo que nos lleva a desaparecer? ¿Qué proponen hacer en los salones y salas de junta en que sus compañeras, sus maestras, sus jefas no estarán? ¿qué preguntas, qué discusiones, qué compromisos se detonarán?

¿Quién va a recibir a nuestros hijos en su colegio, si su padre decide hacer el paro y los lleva? ¿Cómo van a resolver las escuelas su déficit de personal, si en su mayoría son mujeres? ¿cómo involucrarán a los papás: jugando tochito, pastoreando críos o sí van a hacer lo necesario para que este acto político los lleve a identificar y cuestionar creencias machistas, prácticas misóginas, desde las aparentemente inocentes hasta las más indignantes? ¿cómo se van a organizar con las vueltas, las comidas y las tareas, sin dejar de lado sus responsabilidades laborales?

Porque yo sí quiero que, mientras niñas y mujeres nos refugiamos a esperar las sororas contracciones que anuncien la llegada de las mujeres que queremos ser, las calles, las plazas, el metro, los comercios, los medios, los centros de trabajo se vacíen de mujeres y se llenen de varones. Yo sí quiero que ellos volteen a verse entre sí, confundidos, descolocados y por fin caigan en cascada todos los veintes que se les han acumulado por generaciones.

Yo sí quiero que ese día no haya mamá despertador-cocinera-chofer y tenga lugar, de camino a la escuela, una conversación padre-hijo sobre cómo son hoy y cómo pueden ser mañana, y que mientras van en el autobús o en el carro volteen a ver solo varones. Quiero que mi hijo perciba lo distinta que es su querida escuela si faltan sus maestras, su titular y su directora, y que tampoco salga a recibirlo Cecy para que firme su retardo si llega tarde.

Quiero que ayudar a la madre de sus hijos, a partir de ese día, deje de ser una concesión y se convierta en una condición, un compromiso de cada varón que un día eligió copular y con ello firmó un pacto que incluía ser potencial e indefinidamente papá.

Quiero que los hombres se hagan cargo de la vergüenza colectiva por las calumnias, los chistes con que se han reído, los memes que han circulado; por sus acciones y sus omisiones; por los privilegios que se han otorgado en callada complicidad y por los dados cargados que los llevan una y otra vez a ganar.

También quiero que los funcionarios, los compañeros de trabajo, los jefes, los clientes nos extrañen ese día y se den cuenta cuánto faltamos cuando por fin ven, escuchan y valoran lo mucho que aportan sus mujeres a este país.

No, no todos son asesinos o violadores, es cierto; y sí, hay partidos y políticos oportunistas, pero no nos hagamos. Hay demasiada vida de por medio. Además, no haber matado o violado no los exime de su responsabilidad acerca de sus múltiples actos de violencia hacia nosotras, ni de modelar a sus hijas e hijos patrones convenencieros, abusivos o violentos, que van a replicar en sus propias relaciones, ya de adultos.

Para que este acto sea el trabajo de parto de hombres y mujeres nuevos, las mujeres necesitamos creer que, a pesar existir condiciones de riesgo, es posible dar a luz. A las más escépticas, que por desilusión, por sus creencias políticas o religiosas se sienten distantes del movimiento feminista las invito a que, conservando su distancia, no renuncien a un acto colectivo de generosidad hacia tantas niñas y mujeres acalladas, violadas, desaparecidas. Apuesto a que tampoco les gusta caminar sobre la inmensa fosa que se ha convertido nuestro país y temblarían de horror si encontraran un zapatito o un brasier enterrado en su jardín.

Para que este acto sea en verdad el trabajo de parto de hombres y mujeres nuevos, los varones receptivos a las demandas feministas no deben quedarse al lado de sus mujeres. ¡No! Aprovechen para salir a hacerse y provocar todas las preguntas necesarias y dar con otra manera de ser hombres. Cuestionen por qué no hay más mujeres en puestos directivos en sus centros de trabajo; para qué mantener a conveniencia a esa colaboradora tan capaz en el mismo puesto; por qué ufanarse de un equipo de mujeres tan chingón y llevarse el crédito; pregúntense qué les hace pensar que nos halagan con expresiones vulgares o cómo meten en la chistera una invitación a cenar y sacan de ella una disposición a un rápido acostón. Hablen de su miedo a las mujeres fuertes y con opinión propia, y de cómo lo disfrazan y lo caricaturizan. Permítanse llorar los fracasos largamente anunciados, las batallas perdidas. Reconozcan su no saber cómo, aprendan a abrazarse.

Para que asistamos al trabajo de parto gemelar de mujeres y hombres nuevos hemos de cuidar que este acto no se pervierta y hacer todo para que podamos comenzar a nacer este 9 de marzo, como dice en un hermoso poema Miguel Ángel Bueza, varón como ustedes, que lleva justo por nombre, su apellido: Bueza 

         Si para recobrar lo recobrado debí perder primero lo perdido.

Si para estar ahora enamorado fue necesario haber estado herido.

Tengo por bien sufrido lo sufrido, tengo por bien llorado lo llorado.

Por que al final de todo he comprendido que lo que el árbol tiene de florido

vive de lo que tiene sepultado.

Ariadna Ramírez Garagorri

Hasta hace no mucho me habría presentado a través de lo que hago profesionalmente y más en confianza, habría hecho referencia a mi rol de madre de dos adolescentes, a mis intereses y pasiones. Ahora intento, por un lado, cultivar el silencio y encontrar en él alguna novedad acerca de quién soy hoy, y por otro, retomar con cierto rubor mis quereres con la escritura.