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50 minutos de espera

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Pasan 10 minutos. Media hora. El camión no pasa. Las personas que esperan la misma ruta que yo empiezan a acumularse en la parada.

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Domingo, 3:55 p.m. Salgo del centro comercial y me dispongo a tomar el camión a casa. Hace tiempo no tomo rutas urbanas, pero el carro que me suelen prestar está ocupado. Ni hablar. El día es soleado y muy seco, incluso hace calor, y empiezo a arrepentirme de la blusa negra de manga larga que traigo puesta. Tengo los labios resecos, tengo sed. En un rato llego, como quiera no estoy tan lejos, pienso.

Sin parar, carros y camionetas entran y salen del centro comercial. No hay un minuto que las plumas de entrada y salida descansen. Pasan 10 minutos. Media hora. El camión no pasa. Las personas que esperan la misma ruta que yo empiezan a acumularse en la parada. 

Qué fácil es acostumbrarse a lo bueno, a traer carro. Se olvida bien rápido el tedio de las paradas de camiones, a las que llegan tarde y llenos y malolientes. Se olvida la vida gastada en mirar al horizonte a ver si se asoma la ruta anhelada. Se olvida el pequeño coraje que se siente el ver pasar por cuarta vez a otra ruta. Se olvida la vez que asaltaron el camión y te quitaron tus pertenencias a punta de navaja. 

50 minutos esperando. Y la gente se sigue acumulando. Pasan más camiones y trailers que dejan su rastro de suciedad, que llega a tu rostro de cuando en cuando dejando tu ropa y tus poros impregnados de mugre. 

También, cuando te acostumbras al carro, entre las prisas que conlleva la vida en automóvil, se olvida que esperando el camión finges no notar a los señores que al pasar, camino a sus casas, con sus hijas quizá, te barrieron de arriba a abajo y te chistaron como llamando a un perro. Los que tocan el claxon para que voltees, los que te gritan obscenidades, los que bajan la velocidad para verte con lujo de detalles, los que te miran con morbo. Todo eso es fácil de olvidar una vez que tienes el privilegio de andar en auto. 

Un privilegio que le cuesta a la ciudadanía y su aire más caro que la tenencia. Un privilegio que dejamos de notar como tal, yendo en Morones Prieto al oriente a las 6 de la tarde.

Nancy González

Milenial introvertida con ávida actividad introspectiva que gusta de los paseos por la naturaleza y dormir mucho. De mirada nostálgica, egresó como Fotógrafa de la Facultad de Artes Visuales. Su sueño es hacerse una casita de adobe rodeada de muchos árboles y perritos.