Giampiero

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“Para ser libres – señalaba el profesor Bucci en relación a Jünger – necesitamos de la ayuda del pensador, del amante, del amigo y del poeta”.

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El domingo 20 de enero, mi maestro Giampiero Bucci, dejó de ser en este mundo. Recién terminé mi licenciatura en Filosofía y Humanidades, espacio donde tuve el privilegio de coincidir con él.

El primer curso que me impartió fue el de Filosofía política. Desde antes de ese tercer semestre en la carrera yo ya me había contagiado por la popularidad del maestro. Era todo un personaje en la facultad, no solo en el colegio. Italiano – extranjero misterioso con aire de marino – armado con la elocuencia del mismísimo diablo – ironía y mordacidad mezcladas como una quimera entre lo vanidoso y lo humilde –. Durante este curso, aparte de llevarnos a mí y a mis compañeros de clase, en un viaje de Platón hasta Marx, también nos contaba algunas de sus andanzas políticas de la juventud: de soldado a revoltoso, o al revés, no recuerdo el orden. También nos platicó cómo se enamoró de la filosofía: tuvo un maestro de esta materia en el liceo, que le despertó gran admiración, “mi maestro no era como los otros adultos, y yo desconfiaba de ellos,” nos platicaba con más o menos palabras. A veces, al terminar las clases nos agradecía por escucharlo. Me imagino que él sabía que los agradecidos éramos nosotros. Si mal no recuerdo, ese semestre teníamos tres o cuatro horas seguidas de clase con él. ¡Qué horas tan esplendidas!

Seguido nos llevaba fotocopias que él mismo sacaba de capítulos de autores fundamentales de teoría política. Estas fotocopias – reproducidas de sus libros – tenían los apuntes más bizarros en los márgenes, con letra ilegible y en italiano. Todavía conservo la mayoría del material de esa clase. Unos semestres después nos impartió Crítica de la modernidad. En ese curso nos introdujo a la obra de Ernst Jünger y leímos su libro La emboscadura, detenidamente, página por página, analizándolo en toda su profundidad. “Para ser libres – señalaba el profesor en relación a Jünger – necesitamos de la ayuda del pensador, del amante, del amigo y del poeta”. El maestro también solía hacer referencias a Heidegger y Nietzsche. Fue durante este semestre que Bucci comenzó a enriquecer sus clases con elementos, digamos, audiovisuales. Nos enseñaba en Google arte del periodo de la Segunda Guerra Mundial y llevaba presentaciones de powerpoint con ejemplos de la arquitectura de la Italia fascista. También nos mostró algo del cine expresionista alemán de antes de la Guerra, como El gabinete del doctor Caligari, Nosferatu, Metrópolis, etc. En fin, hizo todo un puente entre la filosofía, el arte, la política y la sociedad del siglo pasado.

Durante esa clase también conocí a Evola, leí mejor a Kafka y a Poe y profundicé algo en Carl Jung. Nunca tuve la capacidad de platicar o parafrasear nada de lo que el maestro nos contaba. Las palabras, al salir de mi boca, sonaban muertas, pero él tenía la capacidad de hacer que todo comentario cotidiano sonara genial. Tengo que admitir que en su figura he visto lo más cercano al sabio.

Cuando alguien le preguntaba cómo había venido a dar a México, usualmente respondía: “A México solo se viene por cuestiones de amor y muerte. Si alguien dice otra cosa es un mentiroso”.

Recuerdo la última clase que nos compartió hace cerca de un año. Fue filosofía y psicología. Una de las mejores clases que tuve. Nos llevó a través del psicoanálisis por medio del arte. Por ejemplo, la figura de Narciso, la conocimos con Dalí y Caravaggio de la mano de Freud y Marcuse. Así nos impartía clase.  Un día nos dijo: “ustedes, como universitarios, no pueden darse el lujo de escuchar mala música”. Esa vez escuchamos gypsy jazz. Sobre la tensión entre los principios de vida y muerte en el psicoanálisis freudiano nos explicó: “aquí llegamos al puerto de Schopenhauer, según el cual, la muerte es la verdadera finalidad de la vida”. Ese filósofo alemán era importante para él.

En otra ocasión, fumando con él en el pasillo del tercer piso de la Facultad, después de conversar algo sobre Carlo Ginzburg y Francis Yates me aconsejó: vete de Monterrey, porque aquí todos son marxistas, vete a la UNAM, allá si les interesan tus temas. No me fui. Tú sí. 

Lunes, 21 de enero, una puerta se cerró. Una que no se abrirá jamás. Apenas en diciembre acabé la carrera, y poco después, en enero, despedí a mi querido Giampiero. Esa misma noche que puse pie fuera del velatorio, sentí cruzar el umbral de esa puerta ya cerrada, como un rito de paso.  “El amor – escribió Schopenhauer – es la compensación de la muerte, su correlativo esencial; se neutralizan, se suprimen el uno al otro”.

Maximiliano García

Es licenciado en Filosofía y Humanidades. Escritor aficionado y poeta amateur. Sus intereses varían desde la filosofía política hasta el arte y el estudio histórico de las religiones